El día en que mi colegio se acordó de mí

Están a punto de pasar diez años, que se dice pronto, desde que dejara el colegio en el que estuve desde primero de preescolar hasta el COU -chico LODE- para entrar en la Universidad y dejarla de nuevo por el mundo laboral con un título bajo el brazo. El cole de bien en el que estudié toda mi vida preuniversitaria cumple este año 25 años y se ha acordado de sus promociones. Para tan magno evento, van a editar el clásico dosier-revista “mira qué majos que somos y lo estupendo que éramos y seguimos siendo.”  Y por supuesto, quieren unas líneas de escogidos alumnos de cada promoción.

Resulta gracioso que ahora se acuerden de uno que perteneció a un curso al que sistemáticamente la dirección ignoró y marginó año tras año. Decían que éramos malos y, por ejemplo, perdíamos las salidas buenas y nos colocaban los restos. Llegamos a ir dos veces consecutivas al mismo periódico. Sería para ver si habían cambiado algo.

Lo que les jodía en el fondo era que, pese a ser indisciplinados y no ser como los niños buenos del curso anterior, y a diferencia de los cursos más pequeños, que eran todavía peores, arrastrábamos de las mejores medias académicas. No era que en las clases se montara más pollo de las habituales charlas entre compañeros. El problema era que no seguíamos por norma general, los designios de la dirección. Y eso les jodía más. Se puede ser cabrón en clase, pero tenías que sonreír en la foto. Y tus padres -los clientes- decir sí, buana a lo que la Dirección dispusiese. Sobre todo al Jefe de Estudios. Por un lado te sonreía y te daba libertad para poder organizar lo que fuera y por otro lado, te la clavaba por la espalda a la primera que veía que no se seguían sus pautas más propias de épocas pasadas de caligrafías y cuadernos milimetrados.

¿Por qué uno seguía? Porque había una cosa que hacía bien, mantenía un nivel muy alto de exigencia académica, con profesores por lo general bastante buenos -pese a que luego fueran incapaces de mantenerlos en plantilla por racanear-, y bueno, quid pro quo. Nos obligan a tragar su viaje fin de curso, pues ya se la devolveremos más tarde. Y claro, al final, acabas por no aparecer en el vídeo oficial de graduación recogiendo papeles. Cumplieron con su parte del trato de llevarte en condiciones hasta la universidad.

Es lo que tiene… hasta que diez años después, queremos unas líneas sobre el colegio…

Pero tampoco vamos a escribir estas cosas feas que difícilmente iban a llegar a la imprenta, ni dorarles la píldora ni hacerles el feo de olvidarse de ellos como bien hicieron con algunos.

Así que, escasos lectores, si me preguntan qué he sacado sobre mi estancia desde los cuatro años hasta los dieciocho, les diré sencillamente que me llevo amigos desde primero de preescolar con los que sigo quedando cuando no están jugando al WoW, la experiencia de haber conocido a grandes profesionales de la enseñanza que, por desgracia, muchos de ellos no llegaron hasta mi graduación pues, para su propia fortuna, encontraron algo mejor, y de haber acumulado el conocimiento que te sirve para pasar la prueba de Selectividad con nota suficiente para entrar en la carrera que te gusta y luego descubrir allí que casi nada de lo que te han enseñado vale para aprobar el primer cuatrimestre de primero. Pero eso último no es culpa del colegio. Es del sistema educativo. Pero eso, para otro día.

2 thoughts on El día en que mi colegio se acordó de mí

  1. Qué pereza… a mí me toca en dos semanas, a ver qué les cuento de mi vida. Mi cole cumple 35 años y tengo sentimientos parecidos con mi colegio: guardo muy buen recuerdo de los profesores y su nivel (pero una pena que no me pegaran la disciplina inglesa, no me hubiera venido mal :P), pero la dirección era un absoluto desastre… por dejarlo en eufemismos.

    Después de ver las fotos de cada curso en Facebook y que me llegase el aviso por el mismo medio, pánico me da lo que me vaya a encontrar 😛

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