Silencio de radio

Kent 500

No se me intranquilicen los escasos lectores. No es que hayamos abandonado este pequeño reducto del egocentrismo en estado puro que es el mío blog. Sencillamente he estado liado. Muy liado este último mes y con varios frentes abiertos que me han impedido sentarme un rato y tirar unas líneas. Y no sería por ideas, que tengo unos cuantos borradores, pero el cansancio y cierta desgana han hecho mella y relegado al save draft la mayoría de las entradas.

Uno de los frentes ha sido el cambio de departamento en el curro a la primera línea de batalla y lucha con el cliente. Unido a esto, el preocupante incremento del factor de sedentarismo ofimático, o lo que es lo mismo, estar pegado a la silla ocho horas, ha hecho que me obligue a apuntarme e ir -elemento importante- a los modernos centros de tortura medieval conocidos como gimnasios, donde uno encuentra los más variopintos instrumentos más propios de sótanos de iglesias inquisidoras. Así que un par de horas al día menos libres.

[fa:p:id=708842553,s=m,l=p]

Por si fuera poco, y como en mi casa mis padres no podían ser menos que Gallardón, llevamos desde finales del mes pasado con las IV Jornadas de Reforma de Verano. El mes de julio nos trae los cursos estivales de la FAES, las reposiciones en la tele, y en mi casa sólo puede significar una cosa: obras. En esta ocasión, la habitación-espacio agraciada ha sido la cocina. Tras el porche, la buhardilla y el garaje es ahora turno de cambiar los horribles muebles originales por un diseño más acorde con los gustos de la casa y de paso añadir esas pijadas e inventos que los amigos suecos del IKEA introdujeron años atrás que hacen las cocinas más 2.0. Ahora armarios y cajones te sorprenden con imposibles baldas y cestas compartimentadas según los vas abriendo.

Cocina improvisada de jardín

A estas alturas de la película, el soterramiento de la cocina está completo. El lunes fue el último episodio que no debe faltar en toda obra: repetir parte de lo ya hecho para terminarlo bien. O casi bien. Y ya tenemos lucecitas, encimera, grifo y la vitrocerámica, lavadora y lavavajillas instalados. Vale, antes también teníamos de eso, pero durante casi veinte días tuvimos que renunciar a tales lujos propios de la civilización y tirar de microondas, plancha eléctrica y el preciado camping gas de mis pasados Interrails. Campamento urbano. Cocinando en el porche, todo muy rústico. Lavado a mano para cuidar la ropa. Fregado de cacharros en la bañera, para mejorar la circulación de la sangre en la zona de los riñones. Vale, hay gente en otras partes del mundo que efectivamente se ve obligada a vivir en estas condiciones, pero admitámoslo, semos acostumbrados a unas comodidades a la que nos cuesta renunciar.

Permanezcan atentos a sus pantallas, en breve estamos de vuelta.

Deja un comentario