Ese 14 de marzo de 2004

Ese 14 de marzo de hace tres años era jornada electoral. Elecciones Generales.

El 9 o 10 de marzo yo creo que ya tenía decidido mi voto. Estaba muy cantado que el PP iba a sacar de nuevo mayoría absoluta y la verdad es que no me hacía nada de gracia que volvieran a ganar con mayoría absoluta. En los últimos dos años de Aznar, éste había sufrido ataques agudos del mal conocido como síndrome de la Moncloa. Tampoco la opción del PSOE me convencía. Zapatero no me parecía lo suficiente maduro como para aceptar la responsabilidad del cargo y objetivamente Rajoy tenía más experiencia en el tema del gobierno y la función pública. El mejor escenario era volver a una mayoría simple del PP con apoyos y pactos de sus antiguos socios nacionalistas catalanes. Como la primera legislatura de Aznar, para así controlar un poco el despotismo ilustrado que tanto gusta a los presidentes absolutos. Aunque fuera un poco.

En ese punto, las opciones eran, abstenerse a votar, votar en blanco, anular el voto o bien votar al PSOE. Decidí lo último. Para restar puntos. La idea es que tomen nota, tanto unos como otros. Los que ganan, para que no se duerman en el sueño de la mayoría absoluta y para los que pierden, para que sepan que van por el buen camino.

El sábado 13 de marzo pensé que con lo que se estaba montando por los atentados del jueves pasado, el PP ya podía ir haciendo las maletas de Moncloa. Me surgió el interrogante ¿Debo cambiar mi voto? Si días antes estaba convencido de que el mejor escenario era una mayoría simple del PP y de acuerdo con ello pensé en votar al PSOE, ahora si votaba al PSOE, iba a ganar éste seguramente con amplia mayoría. Pero la cuestión era si debía cambiar mi voto.

El fin último de los atentados del 11 de marzo era influir en el voto. Independientemente de que hubieran sido los hijos de puta de la ETA o los mal paridos de los islamistas radicales o como políticamente correcto haya que llamarles. Si cambio mi voto influenciado por lo sucedido, ganan ellos. Si el objetivo del atentado islámico era echar al PP del poder, tal como se veía venir, se saldrían con la suya. Caca. Efectivamente.

Pensándolo, pensándolo, concluí que lo mejor era, desde el punto de vista de las elecciones, ignorar lo sucedido y seguir con la opción escogida. Me mantuve y ese domingo cogí la papeleta del taco del PSOE.

Otro cantar era el tema del Senado. Ese órgano incomprendido al que a veces acude Zapatero a que le pongan a caer de un burro los educados senadores populares y sirve para hacer uso de la piscina sauna que tienen en la horterada de ampliación que hicieron hacia la calle Bailén. Ahí hay que ser más equitativo… uno para este otro para este otro y listo. Es lo único bueno de la elección del Senado: que puedes marcar a las personas y no a los partidos.

Tres años después, para mí el balance de su gestión es un tanto contradictorio. Con bastantes áreas de sus políticas, sobre todo las sociales, estoy satisfecho. Lo que se dice barriendo para casa y siendo egoísta, con unas cuantas de sus leyes salgo beneficiado. En el aspecto de macroeconomía parece que la cosa marcha bien. No sé si por él, por el anterior o por los ladrillos mágicos. Mientras la economía se mantenga en crecimiento no tendrán demasiados problemas. Otro cantar es el tema de las políticas territoriales. Personalmente me toca mucho las pelotas las claudicaciones regionalistas cuyo único afán es lograr más inversiones estatales a cambio de votos, ya que no se juega en igualdad de condiciones para con el resto de comunidades no nacionalistas. De todos modos en mi escenario inicial, un PP pactando con una CiU hubiera pasado otro tanto de lo mismo, así que estamos en las mismas.

La conclusión que en cualquier caso saco de estos tres años, tanto del gobierno como de la oposición es que son todos una panda de políticos de segunda. Pocos se salvan. Todos recurren al Y tú más, ya sea para defender una ley propuesta por el gobierno como para criticarla. Otros se dedican a negar la mayor y llamarnos idiotas a la cara. Nos merecemos un gobierno y unos políticos que no nos mientan y que si lo hacen, lo hagan al menos con estilo. Nos merecemos a una clase política capaz de asumir sus errores y explicar sus acciones. Nos merecemos a una oposición que sea capaz de asumir sus derrotas y aceptar los fallos de sus políticas cuando gobernaron.

Mi último deseo político es algo más utópico… por favor, una ley educativa que dure más de una legislatura… aunque sólo sea pensando un poco de forma altruista en las futuras generaciones…


Esta entrada la quería haber publicado antes. De hecho la tenía más que esbozada para el 14 de marzo, pero al final me lié con otras historias y ha acabado en el baúl del fin de semana

1 thought on Ese 14 de marzo de 2004

  1. He tardado mucho en escribirlo, pero quiero que sepas que estoy, en gran parte, de acuerdo contigo. Yo no me vi en la situación, porque había votado antes de todo eso por correo, pero pude sentir muchas de las cosas que aquí escribes

    Un saludo

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